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26Jul

Última lección a los graduandos, del doctor José María Maya Mejía

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Hoy es un día muy importante para la Universidad EIA. Entrega a la sociedad colombiana un selecto grupo de especialistas y magísteres. Es un momento muy especial donde los graduandos, sus familias y quienes fueron los tutores y orientadores de su proceso formativo, celebran el haber culminado exitosamente una etapa en su formación académica y humana, a la vez que reciben un último mensaje de la universidad en esta etapa de su proceso formativo.

Hoy, por generosa delegación del Sr. Rector, es mi responsabilidad impartirles en nombre de su «Alma Mater», la última lección de sus estudios de postgrado: la «Lectio Finalis», la lección de clausura y de despedida. Antes de voltear la página para comenzar a escribir un nuevo capítulo de sus vidas, permítanme hacer con ustedes una reflexión sobre un tema de interés para la sociedad colombiana y, por ende, para ustedes que aspiramos sean líderes que jalonen procesos de cambio y mejoramiento hacia el desarrollo económico y social de nuestra sociedad.

El país está inmerso en la consolidación de un proceso de paz en el que ha cifrado muchas esperanzas, pero en el que también hay muchas dudas e incertidumbres. Ustedes ejercerán su postgrado en la época del llamado postconflicto, que estrictamente hablando debería llamarse del postacuerdo con las Farc, ya que lo que se negoció no fue realmente el fin del conflicto, sino un acuerdo para que el mayor grupo guerrillero del país se incorporara a la sociedad colombiana con afán constructivo, abandonando la violencia y su actitud destructiva en el quehacer de la vida nacional.

Los ciudadanos del común, y entre ellos ustedes que hoy se gradúan en una Universidad reconocida por la alta calidad de su formación, tenemos la obligación de ser más proactivos en relación con lo que está en juego en este proceso, plantear cuestionamientos e interrogantes sobre el mismo y analizar y comprender cuáles son algunos de los compromisos que debemos adquirir y pagar por la paz, para que no se pierda esta aspiración de Colombia y termine en una gran frustración.

Partimos de una premisa que consideramos válida: la paz no es fruto de un acuerdo con uno o varios grupos, por importante que éstos hayan sido en la génesis y perpetuación del conflicto. Después de la firma de un acuerdo, que es importante, no necesariamente viene la paz. La experiencia en algunos países de Centroamérica, África y Asia nos lo ha demostrado. Incluso en algunos casos la violencia se ha incrementado y sin ningún control, por ello tenemos que ser conscientes que la paz será fruto de una actitud y un comportamiento diferente de todos los ciudadanos en el diario vivir y de un proyecto colectivo de sociedad que apunte a recuperar la credibilidad en el Estado y sus instituciones, a generar una equidad creciente en un país con grandes recursos y profundamente inequitativo y a lograr la aceptación y vivencia colectiva de una ética civil que nos congregue a todos alrededor de proyectos de beneficio común partiendo de un gran respeto por la diversidad. Es el avanzar hacia un proyecto de sociedad secular, cada vez más pluralista (la llamada sociedad de extraños morales) y cada vez más democrática e incluyente.

El análisis de la realidad de una guerra de más de cincuenta años debe llevarnos a reconocer que en la sociedad Colombiana hay unos grandes vacíos que es necesario ir llenando: vacío de Estado y de credibilidad en el mismo, vacío económico, vacío de sociedad civil  y vacío ético.

El vacío de Estado se materializa no solo en la falta de presencia del mismo en vastas regiones del país donde no se hace presente o solo lo hace con la fuerza pública en momentos de crisis, sino en la falta de credibilidad en nuestros dirigentes. Nunca antes habíamos dudado tanto de la honestidad, transparencia e interés en el bien común que el que hoy tenemos frente a nuestros parlamentarios, a las altas cortes, a los organismos de control y la justicia. El ciudadano del común siente que ellos no solo no representan sus intereses, sino que además se apropian de sus recursos, privatizan el Estado en beneficio de intereses particulares; y se enfrentan entre ellos por intereses políticos y económicos dejando al ciudadano inerme frente a su necesidad de representación política y social, y a la generación de proyectos de país que apunten al bienestar económico y social de todos.

El vacío económico, deja al menos al 35 % de la población en pobreza y sin acceso a bienes y servicios básicos necesarios para una vida digna generando ciudades con grandes polarizaciones no por pobres sino por inequitativas. Como país nos destacamos a nivel mundial por la falta de equidad. En el informe del Banco Mundial de finales de 2016 sobre inequidad en el mundo, Colombia aparece en el cuarto lugar después de Suráfrica, Haití y Honduras con un coeficiente de Gini de 0.53. Una de las ciudades más competitivas en lo turístico del país, Cartagena, tiene un 70 % de su población viviendo con menos de US 2.5 dólares al día, lo que se califica como pobreza; y cerca del 50 % con menos de un US 1.25, es decir, en pobreza absoluta. Solo un 30 % de los colombianos que llegan a los 65 años tiene algún tipo de pensión, el resto debe vivir de la ayuda de sus familias o la sociedad. En salud, con el incremento importante de la cobertura, aunque con deficiencias grandes en la calidad y la accesibilidad, hemos venido pagando en parte esta deuda social. Y no es que seamos una nación pobre. No. Somos una nación con riquezas naturales y con una economía en crecimiento, pero con una inequidad de las mayores del mundo y una corrupción galopante de alta magnitud.

El vacío de sociedad civil se deja sentir profundamente en la ausencia de comunidad. No tenemos una amplia opinión pública bien informada que con fuerza se haga sentir frente a los grandes problemas nacionales; tampoco tenemos grupos grandes de ciudadanos pensantes e independientes que no hipotequen su pensamiento a un líder político o una ideología y que ejerzan veeduría continua sobre los bienes públicos y promuevan el castigo, ya sea por la vía de las urnas o de la justicia, de quienes no responden a los intereses colectivos y dilapidan los recursos de la comunidad. Una democracia sin sociedad civil vigorosa, no tiene futuro.

Por último, tenemos el vacío ético: la caída de la moral católica como referente del comportamiento del pueblo colombiano sin la aparición de un movimiento fuerte que impulse a la adopción de una ética civil nos ha puesto al borde de la anomia social. El vacío ético dejado por una moral católica que se fue abandonando en parte por la falta de coherencia entre el pensar y el actuar de sus fieles y una ética civil sustitutiva, pensada para extraños morales y para el ciudadano corriente independiente de su cosmovisión, sin aparecer en el comportamiento masivo de los colombianos actuales, nos pone al bordo de una sociedad inviable colectivamente, profundamente confundida, con crisis en sus valores y sin referentes en el actuar. Este, en este contexto, se apodera de la sociedad colombiana, el dinero ilícito, la cultura del todo se puede, la búsqueda fácil del dinero y el poder y la renuncia a todas las talanqueras morales y éticas que impiden el desborde social. Todo es legítimo si a cambio se ofrece el dinero solicitado y todos los medios se justifican a cambio del reconocimiento económico. Por esta razón es que nos parece inaceptable, en cualquier diálogo de paz, independiente del fin que se busque, aceptar que el narcotráfico y su cultura, la principal pesadilla de este país y la que más daño ha hecho a la cultura colombiana y al proceso valorativo de la misma, sea aceptado, simplemente, como un delito conexo a la rebelión, aceptando de fondo que el fin (una sociedad más justa) que pudieron perseguir algunos grupos alzados en armas, justifica la utilización de esta temible arma destructora de la cultura civilista que es el narcotráfico.

Todo lo anterior nos lleva a pensar que más allá de unos acuerdos de paz, la sociedad colombiana tiene que plantearse una reforma a su modelo de sociedad, construir otras alternativas y buscar mecanismos para llevar estos vacíos que están dejando sin esperanza a nuestra sociedad a pesar de ser una economía emergente que recién ha sido admitida a la OCDE. Tenemos que construir caminos de desarrollo social y económico que sean menos costosos en términos de vidas y valores humanos y más benéficos en la transformación estructural y profunda de esta sociedad que se ha convertido en un inmenso caldo de cultivo de la violencia. Se trata de buscar alternativas que hagan posible la verdadera democracia y la libertad con desarrollo económico y social y superen los desarreglos profundos que han dado oxígeno a una cultura mafiosa y corrupta donde impera el dinero sobre el comportamiento humano.

Las alternativas de país para que sean creíbles por los jóvenes deben ser lideradas por hombres y mujeres como ustedes estimados graduandos, académicamente serios, con principios y valores ciudadanos sólidos que quieran a su país y estén dispuestos a luchar por él. Su liderazgo deberá basarse en su fortaleza ética y su coherencia de vida para acompañar el camino de una sociedad que requiere profundos cambios. Los actuales dirigentes no nos han brindado esperanzas en esta búsqueda de un nuevo país. Ustedes deberán reemplazarlos con una actitud y comportamiento totalmente diferente. Los medios para lograr este cambio deberán generar solidaridad y una actitud ética que trascienda a todos campos del comportamiento y basada en el respeto a la vida y a la dignidad humana. Recuerden siempre: no todo se puede ni se debe y no cualquier medio es válido. No revivamos a Maquiavelo de nuevo.

Tenemos que generar alternativas comunitarias para llenar el vacío de sociedad civil que nos queja. Sus sociedades científicas y académicas no pueden seguir siendo simples organizaciones gremiales buscando un mejor ingreso para sus asociados a cualquier costo social. No. Al contrario, deben ser organizaciones de la sociedad civil que buscan el bien común y como contraprestación de lo que han recibido de la sociedad, al ser parte de una elite académica y económica, luchan por los intereses de todos y por una sociedad más equitativa, democrática e incluyente. Una sociedad civil fuerte es lo único que garantiza una verdadera democracia y sin suplir al Estado en su labor, se vuelve interlocutora válida del mismo en la búsqueda del bien común y en recuperación de los bienes públicos, secuestrados por pequeños grupos, para devolverlos a la colectividad.

Desde la familia, el colegio, la Universidad, la empresa y en los diferentes puntos de encuentro ciudadano debemos promover la ética civil que, en palabras de Adela Cortina, una de sus líderes, se define como: «Conjunto de valores y normas que comparte una sociedad moralmente pluralista y que permite a los distintos grupos, no solo coexistir y convivir sino también construir una vida juntos a través de proyectos compartidos». En este contexto debemos realizar una seria reflexión sobre la cultura del narcotráfico y sus implicaciones para la sociedad en la búsqueda de una nueva pedagogía que destaque el valor de lo logrado con esfuerzo, la progresividad de la adquisición de bienes y servicios en una sociedad, el respeto por el bien ajeno y la necesaria y creciente también solidaridad de quienes más hemos recibido de la sociedad como ustedes graduandos y yo, con aquellos que se ven privados del acceso a bienes y servicios básicos.

Los costos de una verdadera y duradera paz debemos asumirlos todos, personal y colectivamente. La vida austera personal e institucionalmente, la transparencia en el manejo de los recursos públicos, el ejemplo en el ejercicio profesional, el compromiso con proyectos colectivos de beneficio social, la aceptación de una mayor inclusión social en nuestras organizaciones con lo que ello implica, la disposición a tener que poner más recursos personales en proyectos solidarios, la defensa del bien común sobre el interés individual y en general todo aquello que implique renuncia para lograr una sociedad más pacifica pero igualmente más equitativa y solidaria, debemos estar dispuestos a apoyarlo aunque nos limite económica o socialmente. Sin pagar ese precio que en algunos momentos puede ser alto, no habrá paz en Colombia, aunque se firmen acuerdos con los diferentes grupos alzados en armas.

Estimados graduandos: tienen muchos retos, pero los más importantes no son profesionales ni técnicos, son sociales. Eduquen con su ejemplo en pos de pensar en una ética del compromiso social, del emprendimiento colectivo, del mérito y de la humildad. Entre todos tenemos que ayudar a elaborar un sentido nacional de propósito, un movimiento colectivo que entusiasme a todos los colombianos en una dirección sostenida y sostenible, sin excluidos y sin excluyentes. Que podamos pedir sacrificio, dedicación y aportes a todos en la medida de sus posibilidades, con un horizonte a la vista de prosperidad, una dirección sostenida y coherente, y un esfuerzo colectivo donde riesgos y oportunidades sean equitativos para todos.

En nombre de su Alma Mater, la Universidad EIA, les recuerdo finalmente hoy, que deben ser excelentes académicamente, capaces de realizar una seria reflexión crítica sobre la realidad del país, ejercitados para innovar, y social y ambientalmente responsables. No sean nunca inferiores al reto que hoy les pone la Universidad EIA en nombre de la sociedad.

Sinceras felicitaciones y muchos éxitos,

Muchas gracias,

 

 

JOSÉ M. MAYA MEJÍA MD

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